Cali solidaria: la apuesta de tres estudiantes caleñas para sembrar paz en las regiones  

Cali solidaria: la apuesta de tres estudiantes caleñas para sembrar paz en las regiones  

Muchos jóvenes no quieren ser solo espectadores del momento histórico que se está viviendo en Colombia tras la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc, pues están decididos a ofrecer su energía y vitalidad para realizar acciones que aporten a la reconciliación y al renacer de una sociedad golpeada por la guerra.

Este es el caso de Alejandra Correa, Diana Trochez y Ana María Valencia, tres universitarias caleñas que participaron en ‘Manos a la Paz’, una iniciativa creada por el Ministerio del Posconflicto y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en Colombia (Pnud) para que los jóvenes realicen sus prácticas profesionales en zonas afectadas por el conflicto armado y, de esta manera, aporten a la construcción de paz.

Diana está convencida de que las personas y las regiones se pueden transformar dándoles oportunidades. Esta estudiante de sociología de la Universidad Icesi, becada por la Fundación Manos Visibles para cursar su pregrado, decidió presentarse al programa Manos a la Paz y así brindar un poquito de su conocimiento a regiones vulnerables: “A pesar de que me resultaron empleos mejor remunerados, opté por este programa debido a que yo también provengo de un contexto repleto de problemáticas sociales y entiendo lo que representa el apoyo de otras personas”. Su pasión como socióloga es trabajar con las personas de las comunidades, no la seducen los escritorios de las empresas de Cali.

Cuando aplicó al programa contó con el apoyo de su familia. Aunque en un inicio le aseguraron que iría a un ‘pueblito de Nariño’, los planes cambiaron y le anunciaron que su destino sería Cértegui, un municipio al noroeste del departamento del Chocó, región del Alto San Juan, una zona de difícil acceso en la que las comunidades se encuentran distanciadas.

Diana Trochez, estudiante de sociología de la Universidad Icesi, junto a habitantes de Cértegui que participaron en los talleres que dictó.

Su trabajo consistió en realizar talleres de fortalecimiento de proyectos de vida con el fin de disminuir la pobreza extrema, una tarea difícil debido a que, como lo explica ella, “La mayor parte de la población resume sus aspiraciones a conseguir pareja y tener hijos. Además, la educación no suele ser una prioridad para los habitantes de Cértegui, un lugar del que muchos se van, pero pocos llegan”. 

A esto hay que sumarle el hecho de que las oportunidades laborales son escasas y todo se resume a la minería. “En esta zona no hay empresas y por esto muchos recurren al ‘rebusque’ o a la minería ilegal. Esta última es una actividad a la que se condenan generaciones enteras, un asunto heredado que solo promueve la repetición del ciclo de pobreza”.

A pesar de esta situación, Diana pasó seis meses enseñándole a la comunidad cómo trazar un plan de vida teniendo en cuenta sus expectativas, valores y prioridades, de tal manera que pudieran fijar sueños por los cuales luchar.

Cuenta que si bien fue un proceso difícil porque “ninguno está acostumbrado a planear la vida y solo piensan en el hoy”, se sintió plena luego de haber impactado en la mentalidad de una comunidad que, pese a haber padecido el sufrimiento del conflicto armado, tiene todo el empuje para progresar.

Además de lo anterior, Trochez también aportó diagnosticando la infraestructura en escuelas rurales, un trabajo dispendioso debido a los costos para acceder a las comunidades.

La selección del municipio es una lotería, los directivos deciden a qué lugar irá cada estudiante y ellos no pueden cambiarlo. A muchos les asusta esta dinámica por las condiciones de pobreza o seguridad que presentan algunas regiones. Sin embargo, esto no desvelaba a Alejandra Correa, estudiante de Ciencia Política de la Universidad Javeriana. “Quería llegar a un lugar alejado, con grandes necesidades y poco presencia del Estado, como Guajira, Caquetá o Chocó. Prefería llegar a una vereda con altos niveles de pobreza que a una ciudad donde podía tener más comodidades”, afirma.

Alejandra fue seleccionada para viajar a Cúcuta que, al ser una capital, no era exactamente lo que ella esperaba; no obstante, con el paso de los primeros días, se dio cuenta de que esta era una ciudad receptora de las víctimas de los demás municipios por el desplazamiento forzado, lo que la convertía en un lugar donde podía hacer grandes aportes.

Alejandra Correa, estudiante de Ciencia Política de la Universidad Javeriana, diseñó una estrategia metodológica para incorporar el enfoque de género a un proyecto del Pnud llamado ‘Hablemos de paz.

Luego de que los líderes de la zona presentaron las necesidades que tenía esta región, le informaron que ella sería la encargada de diseñar una estrategia metodológica para explicarle a la comunidad sobre la relación que hay entre las mujeres y el conflicto armado, dando cumplimiento al enfoque de género que tiene el acuerdo de paz. “Durante mi práctica profesional cree una estrategia para contarle a la gente la forma particular en la que las mujeres han vivido el conflicto armado, haciendo énfasis en las graves situaciones que han enfrentado y las secuelas que cargan hoy en día. La importancia de esto radica en que todos los colombianos deben ser conscientes de la necesidad de que ellas reciban un trato diferencial en la construcción de paz”, dice Alejandra. 

Durante la ejecución de este proyecto uno de los grandes retos que asumió esta futura politóloga fue “encarar a una región que históricamente ha sido muy machista, por lo que hablar de equidad de género y proponer un trato especial para la mujer fue un proceso complicado”. No obstante, ella califica esta experiencia como “una oportunidad para ir más allá de las teorías de la academia y conectarse con otro ser humano que te necesita, pues ser sensible frente a sus necesidades es un gesto de compresión muy valioso”.

Uno de los grandes reconocimientos que obtuvo tras realizar esta labor fue que la Universidad Javeriana reconociera su práctica como la mejor de la facultad de Humanidades para ese semestre.

Ana María Valencia, psicóloga de la Universidad San Buenaventura, le fue asignado el municipio de Hacarí, en Norte de Santander. Un lugar que si se busca en Google lo primero que aparece son noticias sobre atentados por parte del ELN, las Farc y el EPL.

Lo anterior no intimidó a Valencia, pues sus ganas de servir fueron más grandes que el temor que sintió por instantes al llegar a uno de los municipios que conforman el Catatumbo, una de las regiones donde el conflicto armado ha golpeado con más fuerza.

Sin embargo, cuando ella llegó a Hacarí el concepto que tenía de este lugar cambió totalmente, dándose cuenta de que las condiciones de seguridad han mejorado y hoy en día se puede transitar con más seguridad por la zona.

Luego de estar instalada en una casa comunal en la cabecera municipal, pasó a familiarizarse con las actividades que debía realizar como psicóloga en el Colegio San Miguel. Ana María cuenta que una de las grandes complicaciones que tiene la educación en  zonas donde se ha vivido el conflicto armado es que los jóvenes prefieren dejar el colegio para ingresar a grupos al margen de la ley, pues ‘les endulzan’ el oído diciéndoles que pueden obtener poder, dinero y mujeres.

“Ante esto, uno no puede decirle a los jóvenes que allá no van a tener un buen futuro o que los van a engañar, este tipo cosas no se pueden decir de forma directa porque serías un blanco muy fácil, uno tiene que ser muy moderado. A lo largo de la práctica realicé muchas consultas con estudiantes que querían dejar el estudio y entrar a un grupo armado, entonces lo que yo hacía era demostrarles que a través de la educación es posible crecer mucho a nivel personal”, asegura.

Ana María también contribuyó realizando ejercicios de autoestima con los niños, hizo varias consultas sobre casos de violación y apoyó en la resolución de conflictos entre los estudiantes, promoviendo el diálogo para solucionar sus problemas.

“Para mí es muy gratificante saber que hago parte de los jóvenes que se piensan la paz y brindan sus conocimientos para cambiar las realidades de muchos colombianos”, dice con satisfacción.

Hasta el momento, en los dos años que lleva este programa, 900 estudiantes de 117 universidades públicas y privadas del país han participado ofreciendo sus manos para construir la paz.